domingo, 15 de septiembre de 2013

Árbol de luz.

Que por qué. Cada día. Que por qué. Me parece bonito. Le escribía cartas a ella. ¿Y a ti? No, a mí nunca me han escrito. 

Bajadas y subidas. 1 minuto. Cerrar antes de sumar tres. Simplemente somos un número. Ni uno, ni otro uno. Es un dos. O bueno, un uno grande. En fin. Es la paradoja de ciertas cosas la que despierta algo en mí cada vez que me paro a pensar. El hecho de que me parezca inmensa y solo quiera que me corte la circulación del brazo con su cabeza. Que duerma su pierna sobre la mía despierta. Porque ya nadie cuenta los versos. Quién sabe si algún día los contaron. Solo querían pararse, entre tanto movimiento, bajo cualquier techo, a leer algún soneto, o alguna tontería. Solo leer. Nada más. Y pasaron los días. Y ya el dos tiene un buen subrayado y el amor se representa con una pastilla al día que se traduce en miles. Miles de momentos. De que, a pesar de que suene rutinario, sea algo nuevo. Lo que buscaba. De que nunca me acostumbre a verla desnuda. De que su cuerpo sea el único lugar al que quiera viajar. Cada noche. Y que si nunca nadie lo había hecho, me atrevo a decir que era por temor al fracaso. Porque incluso yo, lo tengo. Porque es muy difícil. Tú. Quién podría dártelo. Nadie. Nadie es capaz de llegar a tanto. Yo, iluso, lo intento. Porque quiero seguir. Hasta el final. Ya lo sabes. Ya lo sabías. Solo tú y yo bajo una farola cualquier día de invierno. 

Ojalá vuelvas a tener las manos frías.