jueves, 28 de agosto de 2014

Día 1.

— Ya no escribes, ¿a qué te dedicas ahora?
— No tengo mucho tiempo - mentí.
— No tienes ideas.
— Te tengo a ti.


Los vasos siguieron acumulándose. Las idas y las venidas. El no andar para recorrer kilómetros. El deseo recorriendo cada uno de mis dedos asiendo ese cuerpo que dormita junto a mí. El verano nos arrolló como un tren en marcha. Ahogándonos en este frío. Somos dos gaviotas que se posan en el tendido eléctrico tendiendo nuestros pensamientos al sol. Pero no pensamos nada. Simplemente sabemos estar. Hoy es el primer día. Kilómetro 0.

Recogió sus cosas y salió de allí.

Día 3.

Creo en ese silencio que hay después de decir cualquier chorrada que anticipa un te quiero. Ese silencio, en tu cama, hace apenas unas horas, esperando el momento justo para decirlo. Creo en ese momento en el que mi pecho se acelera al verte, al pensarte, al olerte. En el que el reloj se detiene cuando se cruzan tu mirada y la mía. Que aún creo un poquito en que todo esto es un sueño, que es demasiado bueno para ser verdad y que en cualquier momento despertaré en mi cama solo. Pero no es así. Es real. Y es cuando me despierto, giro en la cama y te observo ahí, eterna. Mi corazón vuelve a acelerarse y el reloj quiere detenerse. Si tan solo dejase de girar unas vueltas para ser realmente infinitos. Y perdurar y perdurar. Juntos hasta el final.


Me cruzo un par de gatos. Aquellos primeros te quiero camuflados en un lenguaje extraño.

Día 2.

E hicimos un año y medio. 1'6. De la mejor manera en la que se puede celebrar un año y medio: borrachos de ron y besándonos en una cama llena de calor. Andar por las calles oscuras acompañados de mis mejores amigos, y de los que poco a poco se van convirtiendo en aquellos con los que te gusta estar. Al fin y al cabo, no sabemos montárnoslo tan mal. — ¿En qué piensas? — Ya mismo dos años... y tres... y cuatro... 


Las calles están oscuras. El mundo duerme. No para nosotros.

Día 4.

Hoy ha sido una noche de esas en las que te despiertas casi sin saber dónde estás. Y estaba solo. No me acostumbro a dormir ya sin ti. Ha sido una de esas noches en las que los sueños se apoderan de todas las realidades y convierten la suya en la única e impertérrita. Y antes estos sueños despertaban en  mí algo más que una atracción; despertaban el deseo de quedarme allí para siempre, sin volver a lo que era la verdadera realidad soñando siempre en una paralela. Pero ahora no es así. Ahora me despierto y, sí joder, me encantan estos sueños, pero aquí estás tú. La verdadera realidad. Y el verdadero sueño. La figura perfecta que mezcla lo imposible con lo verdadero haciendo un estándar de amor del que, sinceramente, espero despertar soñando cada día. Estirando mi mano. La realidad nunca estuvo tan cerca.


Y pienso en las luces. En dos puntos de luz flotando en una nada. Dos puntos que brillan. Solo si están cerca el uno del otro.