lunes, 25 de febrero de 2013
Dice que no le gusta el café.
Entonces sonríe y, todo eso, todas esas cosas que creen rodearnos desaparecen. Estamos a mil nubes de este suelo. Un París artificial. Es tan fácil incluso olvidarme de mi nombre cuando veo sus ojos cerrados a tan solo un parpadeo. No puedo evitar entornar los ojos para verla. Parece que estamos en un contínuo punto de partida: kilómetro cero. Un ático en sus labios con ventanas al mar. ¿Por qué siempre llevas la cajetilla si no la usas? No sabe que me encanta fumármela a ella. Colocarme. Acostumbro a ir ciego de su mano. Y apenas nadie nos alcanza a ver. Ciegos. Para el resto somos tan solo dos personas. Para el resto. Pero aún puedo dejar que vaya un metro por delante, cogerla de la mano, girarla, y pensar: eh, hola.
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