lunes, 11 de marzo de 2013

Ciudad de escritores.

Dicen que había una época en la que escribían, sobre todo, a ella. Donde todos se peleaban por conseguir los mejores versos, las mejores metáforas. Luchaban por una mujer en toda la ciudad. Sí era cierto que había otras, y que también eran disputadas por poetas que se creían alados. Pero concretamente, había una, aún sin las palabras que la definieran, que convirtiose en la musa de todos los que no sabían en qué invertir su tiempo. Durante años fue acumulando y acumulando, teniendo ya una biblioteca de miles de tomos, y cada día la hacían llegar nuevos. Raro era el tipo que no se viera fascinado por la delicadeza que desprendía, y todos recurrían a lo mismo: escribir. Todos menos uno, de hecho, el mejor escritor de su tiempo. Había conseguido estremecer a media población con algunos de sus escritos, y podía haber tenido el mundo en sus manos si le hubiera dado la gana; pero no lo hizo. Se fijó en ella después que el resto, lo que ya era de por sí novedad. Pero, como era de esperar, también lo hizo. Se sentó frente al papel, cogió su pluma, y midió para un soneto. ¿Soneto? No, mejor una silva. No, mejor... y dejó la pluma. Miró por la ventana buscando en las nubes lo que no sabía; mientras imaginábala abriendo un sobre y otro con nuevos poemas, nuevas declaraciones del amor anónimo a ella. Encontró respuesta. No la escribiré.

Algunos se enteraron de que el chico ya conocía de su existencia, y de que no la escribía. ¿Pero si la quieres, por qué no la escribes? Es demasiado fácil. Lo difícil sería enamorarla sin usar palabras.  Raramente un día ella se fijó en él, y quemó todas las cartas de su biblioteca. Se preguntaba cómo había podido vivir tanto tiempo sin experimentar algo así, y le rogó que siguiera haciéndolo. Eres único, le solía decir. Él, que apenas escribía ya, tiró todas sus estilográficas y dedicó su vida a hacerla feliz. Soy tuyo, solía decirle.

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